Sonríe aunque te vayan a fusilar
- monsieurcalgues75

- 6 feb 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 9 feb 2023
A veces, en un extraño movimiento celeste, los luceros, se agrupan para remontar el vuelo. Son luceros recién nacidos, tan blancos que se hace difícil observarlos mucho rato volar veloces y juguetones en el vacío del firmamento. Casi puedes oír sus carcajadas, mientras se esconde alguno tras la nodriza luna, y otro hace que le busca, aunque sepa su escondite, sólo por continuar con el juego, antes de llegar a su puesto eterno. Son luceros que, a fuerza de desprenderse de ese envoltorio de carne, huesos y penas, han perdido también los años que atenazaban el alma que habitaba incomodo esos cuerpos y como por ensalmo vuelven a ser niños, aunque quizá ese sea su secreto, nunca dejaron de serlo del todo.
Roberto Brasichall, se convirtió en estrella un 6 de febrero de 1945. Problablemente no había hecho daño a nadie en toda su vida. Su mirada dulce en sus ojos de miope, su sonrisa tímida de niño bueno pero agitado, que mira al mundo con asombro, sin comprender del todo su secreto, ante la inmundicia, los odios, las maledicencias, las perversiones, que resbalan por su alma sin lograr adherirse. Robert, era un poeta. Un poeta de versos y rimas, sí; pero aún más, era un poeta
de construcción, de escribir versos con la vida, con el estilo. Decía José Antonio, que no ser poeta (refiriéndose a esta poesía vital del estilo) estaba reñido con ser falangista. Brasillach entonces fue un falangista, acaso sin sospecharlo. Estuvo aquí, en la España desgarrada por la guerra intestina, inducida por los mismos que empujarán a toda Europa al horror de otra guerra civil. Estuvo, vio, se horrorizó y por eso, se negó siempre a ver a los pueblos europeos destrozarse
por intereses ajenos. Aquello, le costó la vida. El amor a su patria, a la justicia y a la verdad, no tenía cabida en aquella Europa de banqueros victoriosos, sin poetas, sin poesía. Solo destrucción y sumisión de pueblos famélicos.
Brasillach, como todo poeta, era tributario del valor y por eso, viajó a la España que se jugaba el Ser, a cara o cruz, en los campos de batalla, en los que por desgracia la cara y la cruz, eran igualmente españolas. Estuvo en el Alcázar, escucho mientras su corazón se apresuraba, hablar de José Antonio, otro poeta, y sintió el rubor mozo de la emoción juvenil de una España vestida de azul mahón que imaginaba la poesía tras la épica.
«un país enorme, rojo y negro con sus fiestas y arándanos, los proyectores, los aviones y flores azules en macetas en todas las ventanas» dejó escrito tras su paso por España. Ese rojo y negro de una bandera por la que murió el otro lucero que juguetón le persigue por el firmamento. Es curioso, como en el cielo, los luceros, se entienden unos a otros, aunque uno sea español y el otro francés. La muerte, cuando tu alma no tiene mancha, borra las consecuencias babélicas del pe-
cado. Porque Matias, nuestro Matías, huerfano también, miope como tú (debe ser de mirar siempre lejos y alto) y también poeta, era un falangista pleno de estilo y vida. Cuando le anunciaron que le iban a matar, sonrió como tú, estoy seguro que sonrió, antes de decir «si es para bien de España y la Falange», que fue la forma española de tu lacónico ¡es un honor!
El 9 de febrero de 1934, nuestro Matías, fue atravesado por la antipóetica, por la poesía que destruye, la que quiere prescindir del alma, del amor, de la novia que borda amaneceres en camisas de la fábrica.
En unos días le recordaremos, llevándole unas rosas rojas como vuestra sangre vertida sin sentido. Y sí, querido Brasillach, estarás también en nuestro

pensamiento al gritar fuerte ¡presente! para que llegue hasta vuestros juegos. Homenaje de poetas a poetas.

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