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A Matías, en el día del estudiante caído.

  • Foto del escritor: monsieurcalgues75
    monsieurcalgues75
  • 9 feb 2024
  • 2 Min. de lectura



A MATÍAS, EN EL DÍA DEL ESTUDIANTE CAÍDO


Decía Yukio Mishima, que el cielo cuando aún se moría joven debía ser extremadamente bello. Y pienso, en como debieron adornar ese mismo cielo, aquella legión de jóvenes, casi niños, que dibujaron con su sangre nuevos amaneceres para una España moribunda.


Cuando la oscuridad lo invade todo, Dios enciende faros de rostros juveniles, que iluminan con una sonrisa -porque su secreto está en la alegría- que rasga la noche para dirigir las almas confundidas, sofocadas por el pecado que pretende arrancarnos de la fe de nuestros padres, del ser metafísico de la Patria. Sin esa fe, es imposible levantar los ojos al cielo claro, casi blanco de puro azul, donde reside el vínculo, que nos anuda en la tierra, que de otro modo es solo barro, a la solidaridad con los antepasados; con sus victorias, derrotas, alegrías, penas y virtudes. Sí, nos unimos en la tierra por las estrellas, y por eso, miles de jóvenes, revestidos su pecho de ese mismo cielo al que alzaban la vista con esperanza inconsumible, ofrendaron su vida joven por la primavera que debería de llegar tras la violencia y la destrucción.


Allí están, en el cielo negro como su bandera, sus almas frescas, aleteando como cisnes blancos, en el titilar de los luceros. Allí están, sonriendo a la primavera que espera y que ellos otean ya desde las estrellas, Matías y el resto de estudiantes, caídos en los campos de Europa y España, para que se disuelva el pecado que oculta el sol al que cantar cada mañana la dichosa certeza de saberse en la tarea justa de traer para España y el mundo, la Ley de Amor, la poesía, que habrá de redimir a los hombres con la Verdad y la Justicia.



 
 
 

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