Sobre el Amor
- monsieurcalgues75

- 28 sept 2019
- 17 Min. de lectura
Actualizado: 24 may 2020
Porque de la caballería andante,
Se puede decir lo mismo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.
D. Quijote
“Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre”, decía Sófocles, en su tragedia Antígona, obra que precisamente trata y de forma excelsa del asunto que a continuación vamos a tratar o que al menos vamos a intentar emprender. Siempre que se trata de abordar, por la razón – es decir la reducción a la esencia de lo que es- el comportamiento humano, se corre el gravísimo riesgo de perderse en las angosturas y recovecos del inframundo laberíntico, de la platónica caverna, donde permanece oculto el hombre, aun para sí mismo. Vayamos pues a tratar – parto ya de la posibilidad cierta de la derrota, sin pesar, pues sólo el que está dispuesto a luchar incluso ante la seguridad de la derrota puede algún día merecer la victoria- de liberarnos de las cadenas que nos sostienen en la penumbra y avanzar aunque sea entre trompicones y tropiezos hacia la luz, que se vislumbra a lo lejos, así pues ¡ascendamos!
El objeto de estas líneas, como reza en el título es el amor. Magna tarea la que hemos elegido, alguno dirá que excesiva para nuestro pobre intelecto, algo que estamos pronto a reconocer, pues este es sin duda uno de los aspectos humanos que más libros, versos, canciones y obras de arte de todo tipo, ha suscitado a lo largo de la historia y que sin embargo continua sumido en los arcanos del alma humana, sin que apenas hayamos siquiera comenzado a rascar la superficie de su esencia. Es por tanto petulancia, dirán otros lo que le lleva a iniciar tan imposible hacer, y sin embargo, no escribo estas líneas ni ninguna, con intención dogmatizadora, sino con afán de compartir aquellas ideas, propias y ajenas que me hacen acelerar el pulso. Tomar por tanto estas pobres líneas como expresión interior de mi alma y nada más (y nada menos).
Decíamos que el tema a tratar es el amor, y este es sin duda tan poliédrico, que cuando uno cree haberse acercado a la estimación del mismo, descubre nuevos lados, nuevas caras que le son desconocidas y que dan una nueva dimensión al objeto. Sin embargo, a cualquiera que preguntemos (incluidos nosotros mismos) nos dirán sin dudarlo que saben perfectamente de que les hablamos y hasta pretenden haberlo vivido. No creo, empero que sea tan sencillo, y aun me atrevería a poner en duda que bastantes de aquellos sentimientos que muchos hemos sentido, sean verdaderamente amor. En todo caso, es cierto que este sentimiento, es sin duda el que más anhelo de posesión (si es que de algún modo se puede poseer un sentimiento) suscita en el ser humano (también podemos hacer una pequeña encuesta para comprobarlo), de modo que la mayoría de la vida del hombre, es perseguir a tan esquivo sentimiento, como aquel Diógenes de Sinope, que arrancó de los moribundos labios de Alejandro Magno, el deseo de haber sido como él, y que como un pordiosero –hoy usaríamos ese eufemismo tan cursi de sin techo- caminaba por las calles en pleno día con una antorcha en la mano y cuando alguien le pregunto por qué lo hacía, contesto que porque buscaba un hombre honesto. Pues así nosotros vagamos también por los caminos arduos de nuestra vida, buscando sin descanso aquello que sin conocer del todo, tan sólo en su superficie, nos anuncia que es posiblemente y de algún modo el sentido total de nuestra existencia: el amor.
Vamos a comenzar nuestra andadura, lo siento, afirmando una verdad de Perogrullo, pero que como veremos no lo es tanto, pues muchos la han puesto en duda: que hay muchos y diversos tipos de amores. Y aunque en este breve trabajo vamos a centrarnos fundamentalmente en el amor llamado (y yo creo que mal llamado) erótico o sexual. En efecto, encontramos que existe un amor a Dios, a la Patria, a la familia, a los amigos, al arte, etc…
Y aquí vamos con el primer “pero”. Aristóteles afirma en su “Moral a Eudermo”, que no se puede tener amor a Dios, ya que la amistad necesita para subsistir como tal, de la correspondencia del objeto amado, y no es lógico para el Estagirita, que un dios nos responda con amor, la desemejanza radical entre ambos impide una relación de igualdad, fundamental en la amistad, forma superior del amor para el macedonio. La visión cristiana empero es radicalmente distinta, y no sólo admite el amor de Dios hacia el hombre, sino que hace de este la esencia del mismo Dios “Dios es amor” (Jn 1-4:8) nos dice el discípulo amado en su Evangelio, y la prueba de este amor es el envío de su propio Hijo “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación de nuestros pecados” (Jn 1-4:10). Dios es amor, es amor trascendente y perfecto entre las tres divinas personas, pero aún más, utilizando la bella definición de otro griego: Platón –volveremos sobre ella- amor es “…generación en la belleza”(1) entendiendo belleza como virtud, como bien. Unamuno diría en su “sentimiento trágico de la vida” sobre la belleza: “¿Qué es la belleza de algo sino es su fondo eterno, lo que une su pasado con su porvenir, lo que de ello reposa y queda en las entrañas de la eternidad? ¿O qué es más bien sino la revelación de la divinidad? Y esta belleza se nos revela por amor, y es la más grande revelación del amor de Dios y la señal de que hemos de vencer al tiempo”. Así Dios sumo bien, perfecto en su amor interpersonal, y siendo el amor de suyo expansivo (aun el amor sexual que es por constitución restrictivo, en su presencia, como si de un ejercicio gimnástico se tratase, el ser humano experimenta un crecimiento de sí mismo, de su capacidad de amar a cuanto le rodea), la Trinidad, “rompe” en capacidad “generativa” y para comunicar su amor, crea a todas sus criaturas, y como colofón al hombre, creado a su semejanza (como ser racional y libre).
Hasta aquí, nada muy difícil, pues no vamos a entrar, no es el objeto, en aspectos abstrusos de la teología, no nos vamos a enfangar en las discusiones detallistas que nos separarían de nuestro camino. Sin embargo, es fundamental, retener la idea de amor generativo de Dios, pues de la creación del hombre como semejante a Él mismo, encontramos, en Dios, una virtud nueva anteriormente inexistente. En efecto, Dios, que es el acto simplicísimo del Ser, es todo lo que puede ser, en la infinitud de su riqueza, en cada momento, en el mismo acto de ser, hasta el momento de la creación del hombre, faltaba, no necesitaba, de la virtud de la misericordia, pues en su amor trinitario no existía la miseria (como finitud), no podía pues existir amor compasivo a la misma. Surgió pues con el hombre, este amor a su miseria, a su finitud, es decir una compasión amorosa, que cristalizó, y alcanzó su cénit en la historia, con la Encarnación, del propio Dios, es decir de la adopción por la divinidad de nuestra naturaleza mísera, finita, para que pueda darse plenamente lo que Aristóteles reclamaba para un
Verdadero amor de amistad, la igualdad. Alguno a estas alturas, estará ya llevándose las manos a la cabeza o juntando leños para avivar un buen fuego en la plaza pública. No se asuste nadie, que no me he vuelto loco y denme aun un poco de su benevolencia, de su compasión, para ver a donde quiero llegar. Decíamos que la encarnación de la segunda persona de la Trinidad, el Verbo, el Hijo unigénito de Dios, según la naturaleza humana, significaba una suerte de “igualdad”, Dios se hacía hombre, -en realidad “el hombre”, de modo que pudiese reunir en sí a toda la humanidad, para ser Él, cargando con nuestras culpas el que las expiase en sacrificio perfecto - y la naturaleza humana era de algún modo exaltada hacia la divinidad, la relación alcanza así una dimensión distinta, que permite que Jesucristo, llame sin dificultad amigos, a sus discípulos, en numerosas ocasiones, y muestre su amor de misericordia, en no menos momentos, ¿pues acaso no fue misericordia, lo que mostró por aquella joven pareja en las Bodas de Canaán?, ¿no fue compasión por la miseria humana lo que le llevó a curar a cuantos se le acercaban? Y sobre todo ¿no fue compasión lo que le llevó a subirse a aquel madero para expiar Él nuestros pecados, mientras pedía a su Padre, que no tuviera en cuenta ese crimen pues “no saben lo que hacen” (Lu 23:34)? Su muerte, sacrificial dio sentido pleno a su advertencia “nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos” (Jn 15:13), nosotros somos sus amigos, y por eso el dio la vida por nosotros, en un acto de amor perfecto. Unamuno otra vez en su libro lleno de pasión, de tragedia, de españolidad (si no es decir lo mismo), de esperanza de vida eterna, de amor, nos dice que: “en Dios vive todo, y en su padecimiento, padece todo y al amar a Dios amamos en Él a las criaturas y compadecerles, amamos en ellas y compadecemos a Dios… “ (2)
Lo vamos a dejar aquí, pues hemos alcanzado, no sin esfuerzo, y no si dejarnos en el tintero, mejores y más completas definiciones teológicas –que me perdonen los aficionados a tal ciencia, por la inexactitud y quizá la falta de rigor de lo hasta aquí tratado- mas no era mi intención ahondar más allá del lugar al que hemos llegado, es decir, a la certeza de la posibilidad del amor a Dios, de la “amistad” con Dios y de la existencia del amor de compasión o misericordia que tanto nos habrá de servir más adelante y que nos dice, nos canta casi, que el amor todo, en cualquiera de sus facetas, tiene un mismo principio, un origen común, que no es otro sino el mismo Dios.
Como el sujeto sobre el que incide el objeto de nuestro cavilar, es el hombre, debemos primero fijar cual es nuestra comprensión del nosotros, hallándonos ante otro problema tan difícil y controvertido como el anterior. No nos vamos a enredar aquí tampoco en exigentes definiciones, nos contentaremos con afirmar que el hombre es un ser compuesto de un principio material, el cuerpo, y otro espiritual, el alma (acto formal o forma sustancial del cuerpo que decía santo Tomás) de lo cual se infiere la existencia de una serie de capacidades propias a cada uno, instintivas o vegetativas en uno, intelectivas y volitivas en el otro. Es decir, que el hombre, como todo animal, es sujeto de movimientos o pasiones, provocadas por los instintos que de natural, le pertenecen y que actúan con distintos fines: conservación, reproducción… Sin que estos le lleguen a dominar por completo, antes bien, siendo él dueño y señor (cuanto hay que recuperar esta palabra frente a la de caballero, pues indica de aquel que tiene señorío, domino, “dominus” sobre sí mismo) a través de la operaciones intelectivas y sobre todo de la voluntad, para sublimar dichos instintos hacia la consecución del bien, de la virtud.
Con desviaciones mayores o menores, esta idea había perdurado en la conciencia filosófica del hombre, desde la antigua Grecia, hasta que fue duramente puesta en duda por diferentes razones. El renacimiento, hermana espiritual del protestantismo y puente hacia el racionalismo son directamente responsables con su filosofía de un reduccionismo ontológico del hombre que refutamos de terribles consecuencias para el desarrollo posterior de las sociedades europeas. Vamos a poner el ejemplo de Schopenhauer, arquetipo de la filosofía reduccionista a la que hacemos mención, que desde luego no es única, y de la que desde otras disciplinas como por ejemplo la psicología podemos encontrar concepciones cercanas, como es el caso del materialismo fisiológico de Freud.
Schopenhauer, decíamos afirma sobre el tema que tratamos, el amor, que este tan sólo oculta un deseo de perpetuación de la vida, de alcanzar la generación o procreación, de nuevos vástagos, siendo así, que hasta el amor más idealizado, no anhela sino la fusión sexual, el acto generativo, y que una vez alcanzado este, satisfecho por tanto el impulso instintivo sexual, la pasión desaparece y con ella el amor, quedando en el mejor de los casos una cierto entendimiento cariñoso, que puede derivar en amistad –no hasta que desaparezca el amor con el goce- y en la mayoría de los casos una “chillona discordia”. 3
Según el concepto de filósofo de Danzig, en el amor, no hay intervención alguna del intelecto, y tan sólo actuación del instinto, que nos determina a actuar o mejor dicho a desear satisfacer ciertas pasiones, sin que el ser humano pueda realmente impedirlo. Para él, el ser humano, es incapaz de cualquier acción de suyo virtuosa, y es por ello que debe ser el instinto el que impulse al hombre a reproducirse, algo que de otra forma no haría. Este concepto mecanicista y pesimista del hombre, están íntimamente ligados a la teología heredada de la revuelta luterana, que fue más que una reforma religiosa, un retorno al instinto romántico, del pueblo alemán, que luego habría de volver a hacerse patente con el Nacionalsocialismo. Lutero, afirmaban, anclado en su teoría de la predestinación, que todo está ya señalado y ordenado por Dios, de modo que las acciones virtuosas del hombre no son capaces de acercarle a la bondad alejándole del pecado (tan sólo lo era la Gracia). De aquí a la idea de que el hombre sólo actúa egoístamente hay un solo paso, y este fue dado no sólo por Schopenhauer, sino por gran parte de los filósofos modernos que pretendían ver en el hombre sólo la descarnada lucha por preponderar, en la batalla de la selección natural darwinista. Estas tesis del hombre en continua lucha competitiva con sus semejantes, y de la existencia de unas misteriosas leyes (una “mano invisible” biológica) concordaban con el tipo de sociedad liberal-capitalista que con furor era adoptada en toda Europa, y que hacía de la competencia el motor fundamental
De la economía y por ende de la sociedad. Así Schopenhauer, consideraba que el hombre era infiel por naturaleza –no así la mujer pues constitutivamente sólo puede engendrar un vástago al año, mientras que el hombre puede extender su semilla con el sólo límite de su capacidad física- y que los condicionamientos para toda relación “amorosa” – vamos a entrecomillar esta idea de amor, pues debería ser denominada más pasión que amor- son de carácter meramente biológicos, siendo así que ambos sexos somos atraídos exclusivamente por ciertas características que anuncian o indican la adecuación biológica para una buena progenie (edad fértil, constitución proporcionada y saludable, inteligencia en las mujeres y fuerza y arrojo en los hombres…)esta era su explicación para la existencia de tantas parejas con grandes desigualdades en virtudes y belleza.
Si el amor no es más que predisposición biológica a una progenie sana y mejor, cumplimiento de las urgencias del instinto como en cualquier animal, es de lógica que se emplee en él los mismo mecanismo de mejora de la raza que se aplican a cualquier animal doméstico, y así afirmaba: “ si se pudiese hacer eunucos a todos los pillastres, encerrar en conventos a todas las necias, proveer a las personas de carácter de todo un harén y de hombres (verdaderos hombres) a todas las jóvenes soteras inteligentes y graciosas, veríase bien pronto nacer una generación que nos daría una edad superior aun al siglo de Pericles” . Sus ideas no cayeron en saco roto, y podemos ver sus influencias en la Alemania nazi, cuando los jóvenes de ambos sexos de las juventudes del partido Nacional socialista, eran incentivados para mantener relaciones sexuales “libres” para fomentar la formación de la raza superior alemana.
Pero ni tan siquiera Schopenhauer, que hizo del pesimismo un sistema filosófico entero, puede resistir la llamada, el grito de eternidad, que en el hombre clama a cada momento, el grito de aquel gran español, de aquel vasco inconforme con todo que grita: “ No quiero morirme, no, no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por eso me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia…”. No puede nadie resistir, la aridez del reduccionismo luterano –no por nada dio lugar a formas tan horribles de religiosidad como el puritanismo- que lleva al pietista Goethe a decir: “(todo querer) existe sólo por deber quererlo, y mudo ante el querer es lo arbitrario…” que tanto nos recuerda el imperativo categórico de otro alemán Kant, con su helado racionalismo, sin rastro de emoción, de humanidad.
Decíamos que ni tan siquiera Schopenhauer, se pudo resistir a ese pesimismo y junto a él, encontramos a la otra cara de la misma moneda romántica: el idealismo. Por este, el romanticismo alemán trata de romper ese pesimismo que le asfixia, que le impide acceder a esa fuerza vital, a ese genio civilizador que siempre han tenido las naciones mediterráneas, clásicas, y católicas. Pero ese idealismo, como lo sería más tarde el Nacional Socialismo, es una vuelta, un eterno regresar del pueblo alemán, a lo telúrico, si se quiere casi a lo druídico, buscando el refugio del hombre, no civilizado, del hombre que como dice Fromm, busca en la “feminidad” de la tierra, en el eterno-femenino, que dice Goethe en su “Fausto”, el calor, la seguridad, el ser uno, con una naturaleza, de la que se resiste a separarse. Por eso, se resiste a ver al hombre como un ser que a fuerza de intelecto, de voluntad y de cultura, se ha desgajado en cierto modo de la propia naturaleza, pues sus instintos, sus leyes, ya no le son impuestas, que es capaz de domeñar a la propia creación. Pero esto, no si esfuerzo heroico, de trascender, de construir, de culturizar o mejor dicho de civilizar, de esculpirse a sí mismo. Idealismo que lleva a Hölderlin a cantar “sagrada naturaleza, eres una y la misma fuera y dentro de nosotros. Y no ha de ser tarea muy grave conciliar lo eterno con lo divino que hay en mi”. Como si repudiara cualquier esfuerzo del alma, tan sólo pretende diluirse sin trabajo, en el todo de la naturaleza hecha infinito: “ Amo a los que no saben vivir sino para desaparecer, porque son los que llegan al otro lado” decía Nietzsche, del que Unamuno con agudo análisis afirmaba que blasfemó contra Cristo, porque quiso serlo también pero no pudo.
En Schopenhauer, y en torno al tema que tratamos, su idealismo, es evidente, cuando trata de hacer de la pasión-amor, un engaño pio, por el que la naturaleza nos alienta para llegar a alcanzar la mejora de la progenie, de modo que el “amor”, sería indicativo de la posibilidad de alcanzar una descendencia y la antipatía entre hombre y mujer la imposibilidad. El individuo futuro, sería pues como una idea platónica, en la pasión que envuelve a los “enamorados”. La naturaleza, alcanza pues, según Schopenhauer, a unir mediante este enorme sofisma a hombre y mujer, mas no a cualquiera, sino de modo que se pueda dar lugar a un ser que ya está por esta de algún modo predeterminado. No es azar, ciego pues, sino otra vez, predeterminación, naturaleza que como pretendía Hölderlin, utiliza las fuerzas ciegas del hombre, para mantener la existencia de la raza y de ese modo trascender y participar de lo infinito. “La constitución y el carácter preciso y determinado de la generación futura, ¿no es un fin infinitamente más elevado, infinitamente más noble que sus sentimientos imposibles y sus quimeras ideales? Y entre todos los fines que se propone la vida humana, ¿puede haber alguno más considerable? Sólo él explica los profundos ardores del amor, la gravedad del papel que representa, la importancia que comunica a los más ligeros incidentes. No hay que perder de vista este fin real, si se quiere explicar tantas maniobras, tantos rodeos y esfuerzos, y esos tormentos infinitos para conseguir al ser amado, cuando al pronto parecen tan desproporcionados. Es que la generación venidera, con su determinación absolutamente individual, empuja hacia la existencia a través de esos trabajos y esfuerzos”.
Pero el hombre es más, mucho más, que simple juguete en manos de telúricas fuerzas. El hombre, es hombre, precisamente cuando se desgaja de lo puramente natural e instintivo. De suerte, que existiendo, no lo vamos a negar, los instintos, los trasciende, los sujeta a su voluntad, nacida de su intelecto. Y es de esta separación del hombre sobre lo natural, de donde nace el principio del amor. Fromm, nos dice como el ser humano, alejado de pronto de la seguridad que la naturaleza proporciona, rota por la conciencia de sí mismo y de su diferenciación con el resto de lo creado -de aquí los relatos da las Sagradas Escrituras, del Génesis, sobre la pérdida del Paraíso, por nuestros padres Adán y Eva, que al comer del fruto del árbol del bien y del mal (para los griegos las manzanas de oro, eran símbolo de inmortalidad) “entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos…” (Gen 3:7) La naturaleza, se vuelve hostil, ya no están en ella, sino que están frente a ella, en una lucha a muerte por dominarla, o ser dominados y perecer- siente esta “separidad” (hermoso vocablo de Fromm) y busca eliminar esa angustia con la fusión con el otro. El anhelo de esa “felicidad” primigenia le impulsa a llenar ese hueco con el otro. Pero ya no puede hacerlo con el mero instinto, este ya no tiene dominio pleno sobre él, así que también el amor, procede de la característica que le ha alejado precisamente de la naturaleza, el intelecto y la voluntad. Por eso podemos rastrear en la historia tan diferentes tipos de amor, como el amor Cortes, que hacia suspirar a Dante, por tan sólo un gesto de saludo de su Beatriz, sin soñar tan siquiera en el goce sexual con ella.
“la finalidad de mi amor ¡oh dama!
Se cifra en saludar a la mujer que sabéis,
Y en ello consiste mi felicidad,
Término de todos mis anhelos”
Es otra vez –avisamos que volveríamos sobre él- el amor por compasión unamuniano “…Y lo más inmediato es sentir nuestra propia miseria, mi congoja, compadecerme de mi mismo, y tenerme a mí mismo amor. Y de esta compasión, cuando es viva y superabundante, se vierte de mí a los demás, y del exceso de compasión propia, compadezco (amo) a los demás prójimos.” Amor de compasión – el mismo que lleva a Dante a enamorarse de aquella dama que desde una ventana le mira compasivo llorar por la muerte de su Beatriz-, amor de “separidad” búsqueda del hombre de completarse, aún más de repletarse con el otro. Ese es el secreto del amor, la búsqueda de aquel que sin dejar de ser dos, llegue a hacerse uno conmigo, como dos velas que al juntarse mucho brillen como una sola luz, que decía santa Teresa de Jesús, un “estar al lado del amado, en un contacto y proximidad más profundo que los espaciales. Es un estar vitalmente en el otro. La palabra más exacta, pero demasiado técnica –nos define el “Maestro” Ortega- sería: estar ontológicamente con el amado, fiel al destino de este sea el que sea”. Aquella persona entre todas las del universo, con la que luchar denodadamente por ser más, aquel qué como pedía Aristóteles nos conduzca a la virtud, al anhelo de engendrar en la belleza (advertimos que volveríamos sobre esta definición platónica), de decir – y curiosamente un furibundo idealista como Shelley nos da la clave de la definición que buscamos- ¡Amada, tú eres MI MEJOR YO! Y junto con esa persona luchar el mejor combate, del que decía Unamuno: “Hagamos que la nada, si es que nos está reservada, sea una injusticia, peleemos contra el destino, y aun sin esperanza de victoria; peleemos contra él quijotescamente”.
¿Pero, cómo encontraremos a esa persona que habrá de ser, la otra parte que elimine nuestra “separidad”? Para Schopenhauer era sencillo, la naturaleza mediante sus engaños nos hacía ver un espejismo de virtudes inexistentes en aquel que estaba destinado a ser la otra parte del código genético del futuro vástago. Todas aquellas virtudes, no eran pues más que una sutil capa con la que cubrir el deseo, copulativo más simple, de modo que tendía más a la belleza externa que a la interioridad subjetiva del otro. El problema es que la belleza, no es una constante en la historia del hombre. Así en las distintas épocas y lugares geográficos diferentes, lo que en un lugar o periodo histórico es el referente de la belleza, en otro su contrario, rompiendo con la idea de una absoluta inmutabilidad de los principios de atracción de los sexos, y demostrando como la cultura, es el principal actor de este drama humano que es el amor. Es más como bien dice Ortega en su estudio sobre el amor, incluso la belleza física en exceso, produce en el hombre un sentimiento de admiración contemplativa, como el que admira una obra de arte, pero no alcanza con ello a llenar las exigencias del repletarse del hombre. Dice una frase popular que “la suerte de la fea, la guapa la desea” y es cierto, y sino repasemos un momento en nuestra mente la suerte corrida por tantos sex- symbol de nuestra época y veamos cómo casi ninguna ha conseguido un amor pleno, un sincero acercarse del otro para sentar las bases de un amor en igualdad. Por eso, si el impulso sexual es macroscópico –como dice Ortega- es decir llega a cualquier persona del sexo contrario, el amor es microscópico, extremadamente selectivo y previo al deseo (sin que por ello este no sea un componente del mismo), ya que deseamos aquello que queremos y no al contrario.
No, “amar, es algo más grave y significativo que entusiasmarse con las líneas de una cara y el color de una mejilla; es decidirse por un cierto tipo de humanidad que simbólicamente va anunciado en los detalles de un rostro, de la voz y del gesto” (dice Ortega), pero para alcanzar a conocer al otro, a aquel que debe llenarnos, debemos primero hacer en nosotros un ejercicio de introspección para alcanzar a saber quiénes somos, algo ciertamente difícil y puede que doloroso. Y esto es aún más importante en tanto en que nosotros mismos, estamos inmersos en un continuo crecer, que nos impone “…cambios en nuestro sistema de valores –siempre en fidelidad con el antiguo- que hacen pasar a primer término cualidades que antes no estimábamos, que tal vez ni siquiera percibíamos…” (4) De tal suerte, que es necesario un fuerte sentido de curiosidad, de no quedarse en lo externo, sino de llegar, a fuerza de paciencia y esfuerzo, al núcleo fundamental del otro. Sólo así tendremos la certeza de no equivocarnos, en la elección, de alcanzar a entregarnos a la persona, que será arquitecto junto con nosotros, del gran edificio de civilidad, que es la vida.
1. “El Banquete”, Platón
2. Sentimiento Trágico de la Vida. Miguel de Unamuno
3. El Amor, las Mujeres y la Muerte. Schopenhauer
4. Estudios Sobre el Amor. Ortega y Gasset

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