
Lo Castizo contra Madrid
- monsieurcalgues75

- 15 may 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 24 may 2020
En el día del santo madrileño por excelencia, San Isidro, en la plaza Mayor, en un escenario y al son de los ritmos metálicos de los organillos, bailan postineros, aunque ya achacosos, el muy madrileño Chotis, chulapos y chulapas con gracia y chulería. Y admirando sus giros como de bailarina atrapada en su caja de música, empecé a cavilar (en que hora) si aquella charanga, algo casposa y zarzuelera representaba realmente la tradición de Madrid o una deformación de su auténtico ser, que no es otro que el de Castilla.
Pío Baroja, tan duro en sus apreciaciones sobre España, como el resto de la generación del 98 (tanto les dolía, que llegaron a ser injustos), pero que sentó las bases de aquel patriotismo sincero que José Antonio supo resumir en su frase "amamos a España porque no nos gusta", decía de Madrid en su "Dama Errante": "Madrid era entonces un pueblo raro, distinto de los demás, uno de los pocos pueblos románticos de Europa, un pueblo donde un hombre, sólo por ser gracioso, podía vivir (...) Todo el mundo se acostaba tarde; se veían chulos y chulas con espíritu chulesco; había conspiradores, había bandidos, había matuteros, había chascarrillos(...)"
Es decir, folclorismo frente a tradición, romanticismo costumbrista, barriobajero y hortera. No creo sin embargo, que Madrid fuese el único pueblo romántico de Europa, preso de aquel Babel, el eón romántico que D’Ors enfrentaba con toda lógica a lo clásico, como también haría José Antonio. Así, podemos decir y es el principio fundamental de nuestra idea, que ese Madrid castizo, no es más que la caricatura de lo que una vez fue, como parte de Castilla.
¿Y cual es la esencia entonces de Castilla? García Morente, pretendió definir la naturaleza de a Hispanidad, de lo español- y Castilla es hispanidad por los cuatro costados- o mejor dicho del español, pero no de cualquiera, sino del caballero español, aquel capaz de alumbrar nuevos mundos, de sojuzgar al moro, o de verter su sangre en todos los rincones del mundo en defensa de Dios y de su rey. Decía Hegel que "lo que son sus hazañas, esos son sus pueblos", así que parece justo interpretar el ser de España, de Castilla y de Madrid, a través de los que protagonizaron tales hazañas.
Hay que preguntarse entonces ¿corresponde la imagen del chulapo madrileño a la de el caballero castellano? Si seguimos al profesor García Morente, otra vez, podemos encontrar en su definición, el marco sobre el que hacer una comparación. Decía Morente que el caballero castellano estaba adornado de unas virtudes que imprimían en él un estilo de ser, de obrar, que se llegó a identificar con España, coincide aquí con José Antonio, que también consideraba que España era un estilo propio una forma de ser en la historia.
¿ Y qué virtudes eran esas? Morente nos habla de grandeza contra mezquindad. El caballero cristiano, el caballero de Castilla, le daba más valor a lo que era, que a lo que tenía, pensemos sino, en aquel caballero de la locura, de la santa locura, que fue don Quijote de la Mancha castellana, aquel que expresa quizá mejor que nadie la grandeza del alma, subido en su enflaquecido corcel, y ciñendo una oxidada espada, persiguiendo injusticias que enfrentar; pensemos en el Caballero de la mano en el Pecho retratado de forma magistral por aquel griego que fue quizá uno de los artistas más españoles de la historia; pensemos en el Escorial, mitad monasterio, mitad fortaleza, expresión de la idea medieval del caballero español, mitad monje, mitad soldado. Palacio real, donde el emperador dirigía los asuntos de la mitad del orbe, desde un diminuto despacho que hoy no aceptaría ni el más sencillo directivo de una empresa mediocre. Comparémoslo con el Palacio de Oriente, lleno de vana afectación, que ya no es monasterio, ni tan siquiera fortaleza, sino una casa, en la que, una familia extranjera que ya ni tan siquiera gobierna, y que no comprende ni acepta ese ser español austero y contenido, empiezan a afrancesar la corte, rodeándose de fastos y riquezas, pretendiendo que es eso y no la ejemplaridad de ser siervo de los siervos de Dios, lo que justifica su existencia.
El chulapo madrileño es un reflejo de aquella corte que abandona la austeridad casi religiosa, se adorna, y se gusta de forma casi afeminada, lejos de aquellos versos de Calderón que decían del soldado español aquello de que:
"no adorna el vestido al pecho,
que el pecho adorna al vestido"
Íntimamente ligada a esta virtud, está la de la altivez contra el servilismo. El caballero castellano, sólo se arrodillaba ante Dios y ante su rey, pero ni tan siquiera ante este consentía que su honor fuese mancillado, pues " el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios" como nos recuerda otra vez Calderón. Lejos queda el chulo madrileño, que como dice Baroja más arriba, pretende vivir sólo con ser gracioso, que acepta ser un bufón, antítesis del hidalgo que para salir de la pobreza presentaban su espada familiar empeñada en mil combates contra el infiel, para hacer carrera defendiendo a Dios y a su rey.
Ese culto al honor fue, el combustible del valor extremo que el español derrocho hasta límites imposibles. Contrasta con el chulo, siempre dispuesto a la pelea y el jaleo, más dialécticamente que físicamente, y que -quizá en esto tuviera razón aquel demente llamado Sabino Arana- hacía relucir traicioneramente el filo de una navaja, entre gritos y discusiones ocurrentes. Mientras, el caballero castellano, silencioso y casi taciturno, sólo hacía brillar el filo de su espada cuando su honor estaba en entredicho, o para servicio del rey y de la religión. Pero lo hacía sin jactancia, como en los Tercios que tan sólo permitían el Santiago como grito de batalla, luchando luego a diente prieto, en silencio, hasta vencer o morir.
No pretendo cansar más al lector que hasta aquí ha tenido la amabilidad de seguir mis divagaciones, y dejo para mejor ocasión ahondar un poco más en la búsqueda de nuestra esencia, que con Unamuno "se me antoja medieval el alma de mi patria". Unamuno, como José Antonio, llegó al amor de España y de lo Castellano, por el camino del rechazo de la España que le tocó vivir. Comprendió que España no era aquella realidad chata y soez que le rodeaba, y vio en el caballero alucinado, en don Quijote, la religión, de la recuperación de España. Y yo os pido como él que nos lancemos sin miedo a "...la Santa Cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la razón".

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