DE LA VIRIL ELEGANCIA
- monsieurcalgues75

- 5 may 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 24 may 2020
Leo últimamente, artículos, entrevistas y opiniones entorno al ser de la elegancia masculina. No puedo dejar de pensar, al leerlos, en como ideas y modos foráneos, han calado en el ser de los españoles. Una uniformización mundial de las costumbres y de los gustos, que hace difícilmente identificable a un joven de Múnich, con otro de Buenos Aíres o de Tokio. Y es que, cuando oigo a un hombre hablar de su “fondo de armario” y de su predilección por tal o cual perfume, no puedo evitar pensar en aquellos soberbios tercios españoles, que, con el estómago vacío de dos años sin pagas y sus ropas llenas de zurcidos, cosidos por las enamoradas jóvenes flamencas, se encaminaron hacia Amberes, para “cenar en Amberes, o desayunar en los infiernos”, porque sus compañeros les necesitaban y sobre todo, porque una dama, Margarita de Austria, les había pedido auxilio y llamado caballeros míos y soldados. Y así, se comprende la máxima calderoniana aplicable al soldado español:
“…porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho
que el pecho adorna al vestido.”
Y es por eso, que en España, podías admirar la elegancia -antes de que llegara el tiempo de los majos y las “susanas” de ese casticismo también algo foráneo- en el campesino, en el hidalgo, o en el soldado, quizá porque en aquella España se identificaban los tres con harta frecuencia, igualándolos a todos el ejercicio de las armas, que la bala de un hereje no distingue de linajes.
Y fue, este ejercitarse continuo durante 8 siglos, contra los sarracenos y otros 3 contra los herejes de la bárbara hiperbórea, que el español aquilató una elegancia de la reciedumbre, en la que nunca se decía una palabra de más a ejemplo del evangélico “…sí, sí, no, no

…” que defendían por medio orbe, dejando a la punta de su espada, el resto de las conversaciones. Sostienen algunos, que a resultas de esto, nuestra excesiva adustez, perdimos incluso un imperio, y la verdad es que me parece corto pago, por no asimilarnos a los melifluos, charlatanes y embaucadores de otras latitudes.
Perdonadme entonces si sé poco de colores y de cortes de ropa, que a mi parecer, cuando el español abandonó el negro majestuoso, con el que, a un tiempo denotaba su sobriedad y su riqueza, perdió elegancia y virilidad, como se quejaba -y nos recuerda nuestro Azorín- Fray Francisco de León, cuando decía: “…¿ Donde están los hombres de España? Lo que yo veo es a mariones (sic), que hurtan los usos a las mujeres: de hombres los veo convertidos en mujeres, de esforzados en afeminados, llenos de tufos, melenas y copetes, y no sé si de mudas y badulaques, de los que las mujeres usan. Y siendo así que ayer blasfemabais de los extranjeros que entraban en España con melenas y os olían mal ¿ahora traéis las mismas y queréis oler bien?...”
O como Feijóo (el sabio benedictino, no el monarca de la taifa gallega) denuncia:
“…Oigo decir, que ya los cortesanos tienen tocador y pierden tanto tiempo en él como las damas”.
Y es que en España, como recuerda también Azorín, se perdió al tiempo que se sustituían las tizonas por espadillas de postureo que diríamos hoy, la cortesía grave, por el remilgado cumplido; sustituyó al Quijote, dispuesto a soñar lo imposible por su amada, por don Juan, un depredador de un sexo considerado estúpido al que dirigir galanterías. José Antonio, quizá el último español elegante, consideraba las galanterías “…una estafa para la mujer. Se la soborna con unos cuantos piropos, para arrinconarla en la privación de las cosas serias.”
Con todo esto, amigos, si habéis llegado hasta aquí, sólo pretendo deciros, que si queréis ser elegantes, habléis poco y hagáis mucho; sed corteses, pero no os rebajéis ni seáis pedantes, que bien está ser leído, pero menos demostrarlo a deshora (no os avergoncéis si como yo, habéis leído poco de autores rusos y os habéis aburrido mucho); sed valientes, pero no fanfarrones; respetad a las damas a las que améis, pero no seáis felpudos, por muy desesperado que vuestro amor sea; y escribid poemas, sí, pero sin disfrazaros de bohemio francés.
La elegancia es como la santidad, una construcción que dura una vida, y en la que tropezaréis no una vez sino cien, pero no con un conjunto de ropa desafortunado, sino con una frase o situación desairosa. No os importe, que quien no camina, no cae. Levantaos, dad gracias y aprestaos para seguir el combate.
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